© 2012 Silvia Domínguez Vidal

Inocencia

 

Un día, hace poco, no sé por qué razón, caí en la cuenta de que llevaba mucho tiempo vistiendo sólo de negro.

Gabriela, esa mujer cariñosa que ronda un día a la semana por casa, ya me dijo en verano que tenía que vestir con más colores, que el negro era color de luto. Imagino que las mujeres que lo han llevado saben bien de qué hablan, y ella misma me confesó que antes de guardar luto vestía mucho de negro, como yo, porque debía pensar que era elegante, como yo… pero que después no lo soportaba y desde que la conozco la veo vestida de rojo, de verde, de mil colorines que van más con su carácter afable y sonriente.

El caso es que el día en que tomé conciencia de ello, de que vestía de negro constantemente, fue un día en que me sentía especialmente desanimada, abatida… y algo inédito en mi: pesimista. Me estaba pudiendo el peso del mundo. Las noticias y todas la cosas desesperanzadoras que vienen en ellas me estaban encogiendo el corazón. Sentía que nuestro país, Europa, el mundo se estaba yendo al garete, que los intereses de unos cuantos, ricos y poderosos, se estaban imponiendo salvajemente sobre los de todos los demás, destruyendo aquello por lo que han luchado aquellos que nos precedieron para darnos una vida mejor y más justa… y no estamos haciendo nada por evitarlo. Puñetera crisis. Estaba dejando que se colara sibilinamente en mi cabeza. Me miré al espejo y vi a esa mujer que soy, vestida de negro, pálida gracias a nuestro amigo el invierno, pero lo que más me impactó fue no sólo sentirme, sino verme tan tan triste… Estaba de luto, como si mi inocencia, mi ilusión, se hubieran muerto. Y yo acababa de enterarme.

De pronto, volvió a mi memoria. De golpe, como un mensaje de mi subconsciente. La báscula. Mi báscula. La sonrisa por excelencia… Y el olor… el recuerdo infantil de bajar a la cetárea de mariscos de mis abuelos por esa rampa inclinadísima, oír a los hombres y mujeres que estaban allí trabajando a contrarreloj para que los pedidos de sus clientes llegaran a tiempo a los trenes que iban a Madrid, a Barcelona, a tantos sitios… El olor a laurel, a marisco cocido que lo impregnaba todo… Los golpes de martillo con los que se cerraban las cajas de madera donde iban, bien protegidos con hojas de helecho, papel y hielo, esos manjares llamados centollos, camarones, nécoras… y en medio de todo, ella, la báscula, mirándonos a mi hermano y a mi, tranquila en medio del caos, sonriente…

Mi madre, mi abuela, tenían la costumbre de pesarnos en esa báscula. Nos ponían allí de pie y veían cuánto peso habíamos ganado (o perdido) en esa báscula. Como si fuéramos centollos. Está claro que éramos una familia original: no recuerdo que mi madre me midiera contra el dintel de una puerta. No, mi madre me pesaba. Por alguna razón el peso era importante… ¿Quizá por deformación profesional?

El caso es que a mi siempre me encantó la báscula. Entraba en la cetárea y todo se detenía para mi al mirarla. Porque era tan bonita… azul y blanca, como un dibujo animado, con esos ojos tan abiertos, tan divertidos, su nariz redondita, y esa sonrisa de oreja a oreja. No escuchaba voces de la gente, ni ruidos, no veía nada más. Sólo observaba hipnotizada esa báscula y me dejaba que me contagiara su espléndida alegría…

Lo cierto es que la cetárea de mis abuelos hace ya muchos años que no funciona, cambió de lugar, pero la báscula sigue estando donde estaba: a la entrada de la cetárea antigua. Y cuando voy a visitarlos me sigue gustando asomarme a ver a mi amiga blanca y azul, que me mira con los ojos bien abiertos y me recuerda que sigo siendo la misma niña a la que hipnotizaba. Bueno, que hipnotiza… Por eso hace un par de años me colé a verla y la fotografié, solas las dos con nuestros secretos… cómplices de mil juegos y risas. Y me ofreció su eterna sonrisa para guardarla en mi cajita de luz.

Aquel momento de desánimo fue un breve instante de debilidad. Pero no duró mucho. Menuda soy yo… Hace ya varios días que no visto de negro. Los colores han vuelto a mi ropa. Que no, que no pienso ceder. ¡Ni hablar!! Unos pocos, por muy poderosos y manipuladores que sean, no van a acabar conmigo ni con mi fuerza, ni con todos los demás. El 1% no podrá contra el 99%. Aunque nos intenten hundir la moral.

Me niego a perder la inocencia. Me niego a olvidarme de mi sonrisa. Afortunadamente tengo la fotografía de mi báscula clavadita en la memoria, así que si me olvido de sonreir, recuerdo inmediatamente cómo se hace. Quiero seguir viendo caras y sonrisas en las cosas más insospechadas, como cuando era niña, quiero seguir teniendo fe en el ser humano y quiero seguir siendo la mujer optimista que soy. Así que si el mundo se está poniendo difícil, no le tengo miedo. Somos muchos los que todavía guardamos nuestra inocencia, bendita inocencia, y pensamos que un país y un mundo mejor es posible. No menospreciéis la inocencia: es lo que alimenta la ilusión y lo de lo que está envuelta la esperanza. Tiene muchísimo más mérito conservar la inocencia que perderla, sin lugar a dudas. Y es gracias a ella que se consiguen cosas que otros dicen que son imposibles… Aquel al que le dijeron que era imposible, y lo hizo, seguro que fue tildado de inocente por los que le rodeaban, como si fuera algo negativo. No eran consciententes de que era precisamente su inocencia, la fe en que todo es posible, lo que le hizo triunfar.

Así que no me pienso sentar a esperar a ver que ocurre. No señor… Y saldré a la calle a decir que no estoy de acuerdo con lo que no lo estoy, y apoyaré aquello en lo que creo. Tengo las mejores armas para intentar crear algo bueno para las generaciones que vienen: ilusión, esperanza, optimismo y fe en la bondad del ser humano. Si alguien quiere hundirme, lo tendrá muuy difícil. Porque somos muchos, muchos más de lo que os podéis imaginar. Tengo todo eso, y además lo más importante. Mis super armas secretas: a mi gente y la imagen de una sonriente báscula azul. Vamos, tristeza, desesperanza… intentad volver a por mi si os atrevéis. Tenéis perdida la batalla. ¡Y perderéis la guerra!!.

 

4 Comentarios

  1. Rosi Limeres
    Publicado el 19/02/2012 a las 7:53 pm | #

    Esos recuerdos recurrentes de la infancia que siempre vuelven a nosotros… El tiempo de tu infancia ha pasado, pero tu balanza sigue tan sonriente como entonces…
    Que el tiempo y los avatares no borre nuestra sonrisa!!

    • Silvia Domínguez Vidal
      Publicado el 21/02/2012 a las 6:44 pm | #

      Que no se borre nunca… ;)

  2. Publicado el 19/02/2012 a las 11:02 pm | #

    yo también pienso que un mundo mejor es posible, aun cuando todos se rinden y dicen que ciertas cosas no tienen solución…pero sigo pensando que no…que no es justo pensar así. Me pongo contenta cuando veo que no estoy loca y que hay alguien más ahí…reflexionando y creyendo en la inocencia…
    Por cierto…yo se dónde hay otra báscula como esa ;-)

    • Silvia Domínguez Vidal
      Publicado el 21/02/2012 a las 6:44 pm | #

      No, Bea, no estamos locos. Como decía la canción, “sabemos lo que queremos”. Ya me contarás dónde está esa báscula tuya… :)